El rumano Ilie Nastase, conocido en su mejor época de jugador como “Nasty” o sucio -principalmente por apelar a métodos poco deportivos para distraer el rival-, es uno de los personajes más contradictorios del tenis mundial. Talentoso como pocos, en 1973 inauguró el primer puesto del flamante ranking de la ATP, cuando dominaba el circuito.

Siempre jugó con los límites del reglamento y tiene una larga lista de actitudes que rozaron los bordes del mal gusto, muchas veces pasándose de la raya. Por ejemplo, en la final de Wimbledon 1976 contra el sueco Björn Borg, luego de ser advertido, se acercó a la silla y le dijo al umpire: “No me diga Nastase, dígame señor Nastase”. En el mismo partido, cuando perdió un game, en el cambio de lado le puso una de las balls entre medio de las piernas al mismo umpire. Terminó perdiendo el encuentro, la gran desilusión de su carrera.
Fue coleccionando títulos pero también multas y descalificaciones. Amén de tantas otras situaciones extra-tenísticas, se recuerda una que lo empujó a centímetros del ridículo y el escándalo.

Fue en el torneo de Lousville de 1975, cuando se anotó en dobles con el moreno estadounidense Arthur Ashe, cuando la política de discriminación racial transitaba momentos cruciales. Nastase tuvo una idea: le pidió a dos colegas, los tenistas Ismail El Shafei y Hans Kary, que le consiguieran elementos para oscurecer su rostro.

Así fue como lo maquillaron de negro, con una mezcla de carbón y crema, y de esa forma entró al court: “¿No es que en dobles tenemos que estar uniformes?”, dijo en voz alta mientras la gente se dividía entre risas y silbidos.

Lo salvó su compañero: Ashe fue el primero en reírse a carcajadas.

No todos festejaron, ya que recibió fuertes críticas de diferentes sectores en contra del apartheid, que lo tomaron como una verdadera burla, pidiendo que fuera suspendido por ser una conducta incompatible con los derechos humanos.

Nastase prosiguió su camino y no sólo fue la mejor raqueta del mundo en el ’73, sino que ganó Roland Garros y el US Open, sumando 57 títulos individuales y, junto a su compatriota Ion Tiriac (eterno coach de Guillermo Vilas), llegaron tres veces a la final de Copa Davis (1969-71-72). Con el tiempo, ambos se convirtieron en los rumanos más influyentes en este deporte.

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